viernes, 27 de enero de 2017

letra de la cancion de las tres marias

LETRA DE LA CANCION DE LAS TES MARIAS







Pero que linda mis tres marías, llevatelas
pero cuídamelas, anda!

Llorrar de amor, cobardía es
quererte más, locura es
nunca el amor, paga como es.

Por eso lloro como un niño, junto al recuerdo
de un cariño, y es mi vida lagrimones.

Yo sé que siento ilusiones
mi alma respira por la herida,
viendo a mis lindas tres marías.

Por ellas, aunque mal paguen...

Cuando se busca, y no se halla,
el amante huye, de su amada
llorar cobarde, para que otro ría
es el capricho de este mundo.

No me importa ser cobarde,
la risa el llanto, en la vida, es el consuelo para todo hombre.
y aún los muertos, en sus tumbas
exalarían un gemido viendo a mis lindas
tres marías.


miércoles, 18 de enero de 2017

Las Tres Marías estrellas afros en el cielo del Ecuador


Tres hermanas del Valle del Chota crearon, sin asistir a ninguna academia, una música única, según nos relata Julia Camba en el artículo Las tres Marías: estrellas afro en el cielo de Ecuador.  Las tres acompañaron su voz privilegiada con los instrumentos que encontraron a mano: frutas, raíces, troncos, cueros, hojas.  Llevan cantando más de 60 años y combinan su música con sus tareas cotidianas: curar el espanto y el mal de aire y vender en el mercado lo que produce la huerta que cultivan.  Ahora exhiben su tercer disco como un fruto más de su creatividad y su alegría
 
 
 
 

 

jueves, 12 de enero de 2017

Las Tres Marías, historia viva de los pueblos afro

 A capela, con sus voces o con hojas en sus bocas, las tres hermanas: Rosa, Gloria y María Magdalena Pavón tienen la habilidad de realizar ensambles musicales imitando los sonidos de trompetas, tambores y cornetas.

Con este talento, por más de 60 años han recorrido el Ecuador y parte de Colombia haciendo bailar a sus públicos la bomba, música tradicional del Valle del Chota, provincia de Imbabura.
Estas artistas se hacen llamar Las Tres Marías, aunque solo Magdalena fue bautizada por sus padres como María. Con su música y carisma estas mujeres afrodescendientes son un ícono de la cultura afroecuatoriana.
Sus viviendas de adobe y teja están ubicadas en la comunidad Chalguayacu, a pocos minutos del límite entre las provincias de Imbabura y Carchi. Gloria, de 69 años, vestida de rojo, con una toalla en su cabeza y sentada en un tronco, expresa que su afición por la música la heredaron de su padre, Luis Pavón Lara, quien integró La Banda Mocha.
“Cuando mi papá tenía tocada en Ibarra o Cotacachi, teníamos que dejar sembrando guayaba, aguacate o lavar la ropa en el río Chota para poder acompañarle y verle tocar la guitarra, la rasqueta, la hoja de naranjo, el tambor y a veces hasta la trompeta”, recuerda la líder del grupo.
Rosa, la mayor de las hermanas, dice que cuando acompañaban a su padre no tenían ni radio ni televisión, pero el juego era ser ellas las integrantes de La Banda Mocha, por lo que iniciaron la imitación de los sonidos instrumentales con sus bocas.

Mientras arregla un colorido collar que hace juego con las flores de su falda, Rosa cuenta que la música no les ha dado buenos réditos económicos, por lo que ejerce de partera de la comunidad. “Por cada alumbramiento que asisto, gano 50 dólares. Yo aprendí dando a luz mis 11 hijos y recibiendo a mis 20 nietos y tres bisnietos”, detalla.
María Magdalena recuerda que uno de los mejores momentos de sus 72 años lo tuvo en Colombia. “Hace cinco años en Cali fuimos a un festival intercultural donde había miles de personas. Al escuchar la percusión de mis labios y nuestra música se emocionaron y cuando con mis hermanas finalizamos la presentación se pusieron de pie y nos aplaudieron por más de cinco minutos”, expresa sonriente.
Ella para ayudar con los gastos de su familia formada por 11 hijos, 17 nietos y 9 bisnietos, trabaja como curandera y catequista. Y Gloria manifiesta que cultiva tomate y guayaba y va a la feria de Otavalo a comercializar sus productos.
Estas mujeres en el 2012 recibieron un reconocimiento al mérito cultural del Ministerio de Cultura y Patrimonio. Y hoy, a las 15:00, se prevé un acto en el que serán declaradas Patrimonio Vivo del Ecuador, dentro de la conmemoración del Día del Afroecuatoriano este domingo.

La alegría de la música con Las Tres Marías 

 
María Margarita, Magdalena y Gloria María Pavón 

Nadie es profeta en su propia tierra es la frase con la que coinciden Las Tres Marías, una agrupación vocal oriunda de la comunidad de Chalguayacu, cantón Pimampiro, provincia de Imbabura que comparten los sonidos tradicionales de su tierra y que por primera vez deleitarán a los cuencanos con su música.
Nunca pensaron llegar a tener tanto éxito, pues en su comunidad no eran valoradas. Iniciaron aprendiendo y creando cuentos, leyendas, coplas y versos relacionados con su cultura. El arte musical crecía desde su infancia cuando su padre, Luis Pavón, fundó la Banda Mocha.

Las Tres Marías crecieron envueltas de sonidos, principalmente de la bomba. Sin embargo, por más de 30 años, intentaron musicalizar sus cotidianidades y experiencias, acompañando sus voces con una guitarra, pero no sentían que era lo más adecuado.

Es hace ocho años que María Magdalena, Gloria María Piedad y María Margarita Pavón Jullos, incursionan en la interpretación vocal. Imitando a una trompeta, clarinete y bajo, acompañándose de percusión menor, bomba y huiro, Las Tres Marías le dan mayor sentido a los sonidos tradicionales del Valle del Chota.

 Inicio
Todo comenzó de casualidad. Gloria María, quien imita a la trompeta, tuvo la idea de hacer una banda, como las de Cotacachi y Mira, pero con la diferencia de que ellas utilizaban sus voces como instrumentos. Ella da la pauta y sus hermanas completan el conjunto de voces sonoras.

Iniciaron su carrera musical como Las Milencas, pues necesitaban un nombre para su primera presentación en Esmeraldas. Fue Linver Valencia, quien se enteró del arte vocal de las mujeres. Llegó a su casa y les pidió que le hicieran conocer su arte.

Ellas lo hicieron, con lo que el hombre quedó fascinado y las contrató para el Carnaval esmeraldeño. En aquel entonces les ofrecieron 400 dólares por cantar, cosa que no creían pues nunca cobraron por su arte hasta entonces.

 Creación
Gloria María da la pauta. A ella le sigue la bomba o bombo, a cargo de Diego Palacios, luego el bajo a cargo de María Magdalena, el clarinete imitado por María Margarita y el huiro ejecutado por Lizandro García. Con ello se completa la banda. No solo son creadoras de los sonidos, además, escriben las líricas. Estas hablan de las vivencias de su pueblo.

Contamos lo que pasa en Chalguayacu, lo que pasa en nuestro sector agregan.

 Nuestra huerta se llevó el río es un fragmento del tema La corrontilla, Matica de Matimbá, La Pava, La Sabaleta, son algunas de sus creaciones, que incluyen temas que aprendieron de su madre, Lucrecia Jullos.

 Aprecio
En distintas partes del país son reconocidas. Videos en Internet, televisión y sus conciertos son ovacionadas. Sin pensarlo, han recorrido varias ciudades del país e incluso Colombia.

Pero más que recibir ovaciones, ellas prefieren enseñar y dejar un legado y que su arte no desaparezca.  "No quiero llevar lo que tengo, quiero enseñar, no quiero irme con este arte... cuentos, adivinanzas, versos, quisiera enseñar" agregó Gloria María.

A María Magdalena el dolor en sus piernas no le permite trajinar ágilmente. Pero esto no es razón dejar de hacer lo que más le gusta: cantar. Este arte fluye por sus venas y la de su familia. Ahora  su hijo tiene su propio grupo musical y crea sus propios temas.

Tocan la hoja de naranja, el bajo que es una planta de El Valle del Chota, el bombo, platillo y el tambor.  Del Juncal para abajo nos reciben mejor que en nuestra propia tierra dice Magdalena, pues recién comienzan a valorarlas. (FCS) (F)


60 años de exitosa trayectoria musical de “Las Tres Marías”

 

Llenas de coloridos trajes, alegría y juventud en el alma (que contrasta con sus 70 años ) María Magdalena, Gloria María Piedad y María Margarita Pavón –integrantes del grupo musical Tres Marías- celebran 60 años de exitosa trayectoria musical.

Las hermanas Pavón, oriundas del Juncal (provincia de Imbabura), deleitan con su voz y con la tradición musical que llevan en la sangre  desde “guambras”. Para ellas, el ritmo de la Bomba del Chota, que es el género musical que interpretan, es un canto a la alegría.  Su calidez al cantar y el amor por el arte de su comunidad las han convertido en un símbolo del Valle del Chota y del Patrimonio Cultural de nuestro país.
María Magdalena Pavón, una de las hermanas que forma parte del grupo, cuenta que la música la llevan en la sangre. Lo heredaron de su padre. Cumplir seis décadas de trayectoria musical es, para ellas, un honor y un orgullo. Son, qué duda cabe, portadoras de los saberes de su tierra.
Las tres Marías llevan una trayectoria musical que también se ha destacado a escala internacional. Uno de los primeros pasos que dieron con su música fue en el 2013, cuando formaron parte  del disco de Taitas y de Mamas, las leyendas vivas del origen. Fue allí cuando se  consagraron a nivel nacional como un legado cultural y patrimonial único en el país.
Estas artistas dan ejemplo de compromiso, tradición musical y talento inconfundible. Por tal razón, el pasado viernes 3 de octubre, el Ministerio de Cultura y Patrimonio realizó en el Centro Intercultural Comunitario el Juncial, un justo homenaje  y reconocimiento  a la trayectoria y herencia  que han plasmado las 3 Marías, quienes con mucha creatividad reproducen sonidos de trompetas, panderetas y cornetas a capela.
El Ministerio de Cultura y Patrimonio además de reconocer el valioso  aporte de estas destacadas mujeres, entregó nuevos instrumentos musicales a la Banda Mocha de Chalguayacu. La donación cumplió, al menos, dos objetivos: que  la música del Valle del Chota siga tomando  nuevos matices y pueda seguir siendo un emblema del Ecuador.

viernes, 6 de enero de 2017

LAS TRES MARIAS

Estas talentosas mujeres han sido declaradas como Patrimonio Vivo del Ecuador y son parte del proyecto Taitas y Mamas que reúne a íconos de la música ecuatoriana.

Entre las hendiduras de los barcos negreros se colaron las evocaciones de atabales y tambores. Del África no desembarcaron los instrumentos, pero vino la memoria. En medio de grilletes y cadenas perduraron los antiguos cantos, en un contrabando de murmullos.
Hablaban del cambio de las estaciones, de los rituales de paso, de la vida y la muerte, de la piedad y el heroísmo, del sueño y el sexo, de la siembra y la cosecha, en la tierra de los leones.
Los primeros negros africanos, como se decía en la colonia, fueron traídos como esclavos al valle del Chota merced a su adaptación al clima, porque los indígenas morían agobiados por el calor y el paludismo.
En 1586 trabajaban en los algodonales, frutales y viñedos, estos últimos erradicados y llevados a Ica y Callao. Sin embargo, serían los curas jesuitas, en 1610, quienes introdujeron a estos pobladores arrancados directamente de las sabanas donde pacen los elefantes.
Los jesuitas, como señala Rocío Rueda Novoa, “pasaron a formar parte de las redes de comercio de esclavos de las compañías negreras, a fin de importar esclavos negros directamente de África”.

Afirma que en 1690 compraron a los primeros carabalíes provenientes del golfo de Biafra; más tarde, en 1695, llegaron los primeros congos de África Central: “Hacia 1850, el 34% de los esclavos existentes en Imbabura aún mantenían los nombres de origen africano, tales como carabalí, congo, mina y mondongo”.
A muchos les adjudicaron el apellido del amo, más para reconocerlos —como una suerte de marca que no recibía herencia—. Los negros de Esmeraldas tuvieron mejor suerte: un barco encalló y se escaparon como náufragos fugitivos hasta que, como siempre, se toparon con el hombre blanco.
Entre las 132 haciendas y propiedades de los jesuitas, en el actual Ecuador, 9 se encontraban en el sector del antiguo valle de Coangue: Caldera, Carpuela, Chalguayaco, Chamanal, Concepción, Cuajara, Pisquer, Santa Lucía y Tumbabiro, donde 8 estaban destinadas para la siembra de caña de azúcar y tráfico de aguardiente, como bien señalaba el Obispo de Ibarra e historiador ético —por su defensa de la verdad histórica— Federico González Suárez. Aquiles Pérez investigó que, en la época, existían 1.760 esclavos traídos del continente del ébano.
No les fue mejor a los esclavos afros con la expulsión de los jesuitas, en 1767, porque pasaron —como si fueran bienes muebles— a la administración de la Junta de Temporalidades de la corona española y, años después, a la venta de particulares que eran peores que los jesuitas, porque —con el fin de ganar más dinero— aumentaron la presión sobre los esclavos. Se produjeron alzamientos. Los hacendados, ya a finales del XX, entregaron pequeñas parcelas, a lado del río, por lo que los negros se convirtieron en huasipungueros. Con la reforma agraria, de 1964, se entregaron lotes de 2 hectáreas, que fueron insuficientes para el reparto de una familia.
Después, vinieron las casas de bahareque y paja, donde los domingos por la tarde se escuchaba la banda mocha, llamada así porque tiene canutos de pencos cortados.
Tres niñas de Chalguayacu, Rosa Elena, Gloria y María Magdalena Pavón, oían a este prodigio de la banda mocha que nació imitando a las bandas populares mestizas de viento, pero como no tenían instrumentos propios tuvieron que inventarse con lo que había.
Así los trombones, tubas y fiscornos —estos últimos que nacieron a inicios del XIX como una suerte de trompeta para la cacería de la aristocracia alemana— fueron remplazados por los puros, esas sencillas calabazas; saxofones, barítonos y trompetas mudaron a pencos, esos canutos que en los labios de los negros parecían de metal; clarinetes, flautas y piccolos pasaron a convertirse en sonidos salidos de la aromática hoja de naranjo que, según el ejecutante, lograba sonidos indescriptibles.

Además de bombos y, cuando no había, hasta tapas de ollas y, por si fuera poco, incluían níveas cumbambas de burro. Pero las niñas tampoco podían ser parte de la banda, porque sus integrantes eran únicamente hombres. Así que, a su condición de hijas de antiguos esclavos ahora se sumaba que eran mujeres.
Pero ellas otra vez le dieron vuelta a la tuerca de la historia, porque de sus voces salieron los instrumentos que les faltaban y se convirtieron en trompetas, en bajos, en coros, de ecos y contrapuntos, mientras una llevaba la melodía, esas mismas que habían escuchado en las voces de sus abuelas, que un día fueron arrastradas a una tierra ajena. Las Tres Marías, como se las conoce, han sido declaradas Patrimonio Vivo del Ecuador y son parte del proyecto Taitas y Mamas, que reúne a íconos de la música ecuatoriana como los esmeraldeños Don Naza y Papa Roncón, entre otros, quienes se presentaron en una gala en el Teatro Sucre; recientemente el proyecto fue nominado al Grammy Latino, por el diseño del empaque de su producto.
Pero eso no les quita el sueño a estas septuagenarias mujeres que caminan por las polvorientas calles de su pueblo con los pies descalzos, porque saben que en su música generaciones de negras también están cantando ante el olvido: “Allí arriba en el solar/ donde vive mi morena/ está saliendo un bandido/ que le sigue a Filomena…/ no te dejes agarrar…”.
Gloria, en la actualidad, vende las escasas frutas de su chacra en el mercado de Otavalo; María Magdalena es partera, mientras que Rosa Elena, como si los jesuitas jamás se hubieran ido, tiene las llaves de la iglesia donde está el santo de la Compañía de Jesús, Francisco Xavier, y prepara los bautismos.
Sin embargo, esta mujer de ojos de miel y sonrisa amplia, también es curandera, como si la sangre de los mandingas aún corriera por sus venas. Eso evoca el tiempo en que uno de los chivos se convertía en el Diablo de los mil cachos y se paraba al frente del río Chota, para desbordarlo… Mas, mientras estas mujeres recias canten por los áridos parajes no hay de qué preocuparse.